Viendo Navarra -"El encierro"

Viendo Navarra , Volumen 2

"Viendo Navarra" es una colección de audiodescripciones de los monumentos más representativos de la Comunidad Foral. El objetivo de este proyecto, al igual que todas las iniciativas de Accesibilidad Universal, es lograr que el mayor número de personas pueda acceder a los entornos, productos y servicios.

"El Encierro"    

 

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Texto "El encierro"

Un cántico resuena con voces mayormente masculinas tres veces antes de las 8, cada mañana del 7 al 14 de Julio junto a la hornacina situada a los pies de la cuesta de Santo Domingo: “A San Fermín pedimos, por ser nuestro patrón, nos guíe en el encierro, dándonos su bendición”. La tensión que reina en el ambiente los minutos previos se puede observar en los silencios y las caras serias de los corredores. Con el sonido de un cohete 6 toros, acompañados de 6 cabestros van saliendo de los corrales con aparente tranquilidad e inician una carrera de unos 5 minutos apasionantes, que es mundialmente conocida como El Encierro de Pamplona.

El silencio se rompe con los ruidos de los cencerros de los cabestros y las exclamaciones de sorpresa y admiración de la gente.
Cinco tramos tiene de recorrido, cada uno distinto de los otros y cada día una nueva incertidumbre, en la que nunca se sabe que depararán los nuevos astados.
*Saliendo de los corrales y girando 90 grados hacia la izquierda,  los toros bravos entran en la cuesta de Santo Domingo, por la que los mozos más valientes, tras haber entonado el cántico de protección al santo, corren sobre el adoquín que cubre el pavimento. Los menos afortunados, se agolpan en las aceras para ver a las reses pasar fugaces como rayos, dado que es posiblemente el tramo más rápido de todos. No es un tramo fácil, son 208 metros de calle estrecha y cuesta empinada que no ofrecen refugio ninguno para los corredores. Atrás van dejando, a la derecha el Museo de Navarra y  la izquierda la iglesia de Santo Domingo, para ir a parar a la plaza del Ayuntamiento.

No es casualidad, que este sea el inicio del encierro, que desde época medieval con motivo de las ferias de ganado que se celebraban cada año en la ciudad hasta la Plaza del Castillo, que fue en su día coso taurino desde 1385 hasta 1844. Durante dicho traslado, muchos mozos cogieron afición de correr delante de las astas de los toros para medir su valentía con el animal más bravo por excelencia, lo que progresivamente dio origen al encierro.
Especial mención merece uno de los  encierros de 1932, en el que hubieron de celebrarse dos encierros seguidos el mismo día  por la poca afición a madrugar de alguno de los animales, que se negaba a salir a la hora prevista de los corrales de Santo Domingo.


*Dejando atrás la angosta cuesta de Santo Domingo y el rústico adoquín que cubre la calle, los corredores se abren paso para tomar un pequeño respiro en los 5 metros de anchura de la plaza del Ayuntamiento, por la que el encierro discurre más lentamente. El edificio consistorial se erige a la izquierda y los primeros y más largos tramos de vallado aparecen a ambos lados con el fin de acotar la plaza y evitar que las reses escapen por las calles creando el pánico entre vecinos y visitantes.
Antes de establecer un vallado fijo en 1776, se invitaba a los vecinos de Pamplona a madrugar mucho para cortar el paso a los animales con carretas y mantas, que debían situar a ambos de la calle si no querían sufrir algún pequeño percance. El doble vallado surgió tan solo en 1940, ya que el año anterior un astado llamado Liebrero con afán de escapista decidió saltarse el recorrido y darse un paseo por la ciudad. Desde entonces más de 13.000 piezas de madera de pino y abeto aseguran el recorrido en sus 849 metros.
También la plaza del Ayuntamiento, suele ser escenario de algunas de las más famosas y mortales cogidas, como la de 1980 y 1995, a un mozo navarro y otro estadounidense, cuyos nombres, ya quedarán por siempre, ligados a la historia del encierro.


*Dejando atrás la angosta cuesta de Santo Domingo y el rústico adoquín que cubre la calle, los corredores se abren paso para tomar un pequeño respiro en los 5 metros de anchura de la plaza del Ayuntamiento, por la que el encierro discurre más lentamente. El edificio consistorial se erige a la izquierda y los primeros y más largos tramos de vallado aparecen a ambos lados con el fin de acotar la plaza y evitar que las reses escapen por las calles creando el pánico entre vecinos y visitantes.
Antes de establecer un vallado fijo en 1776, se invitaba a los vecinos de Pamplona a madrugar mucho para cortar el paso a los animales con carretas y mantas, que debían situar a ambos de la calle si no querían sufrir algún pequeño percance. El doble vallado surgió tan solo en 1940, ya que el año anterior un astado llamado Liebrero con afán de escapista decidió saltarse el recorrido y darse un paseo por la ciudad. Desde entonces más de 13.000 piezas de madera de pino y abeto aseguran el recorrido en sus 849 metros.
También la plaza del Ayuntamiento, suele ser escenario de algunas de las más famosas y mortales cogidas, como la de 1980 y 1995, a un mozo navarro y otro estadounidense, cuyos nombres, ya quedarán por siempre, ligados a la historia del encierro.

*La calle de Mercaderes es capaz de juntar en sus escasos 70 metros el mayor número de fotógrafos de todo el recorrido, y no solo por ser el tramo más luminoso, sino por su recta final, cuando los toros van a entrar en la calle de la Estafeta, ya que se produce uno de los momentos más peligrosos de todos: la famosa curva de Mercaderes. Los astados, empujados por la inercia, a menudo chocan violentamente contra un tablón de madera situado al final del tramo,  que desvía a la manada 90 grados a la derecha. Durante las advertencias previas que se radian por megafonía antes del comienzo, siempre se menciona este punto como momento de peligro, lo que no evita, que casi todos los días haya algún incauto que quede aplastado o pisoteado por los astados.
Este obstáculo, habitualmente ralentiza la marcha del encierro. Quien no debió de chocar contra la curva fue el toro Huraño, que tiene el record por ser el animal más rápido en acabar la carrera, con tan solo 1 minuto y 45 segundos. En el otro extremo tenemos a un Miura, que en 1959 tuvo 30 minutos en vilo a todos los corredores negándose a entrar en la plaza, hasta que un pequeño perro pastor llamado Ortega se ganó la admiración de todos los presentes, obligando al animal a entrar en el coso.
* Con el giro de 90 grados a la derecha, los corredores y la manada entran en el tramo más largo. La  Estafeta de Pamplona son 300 metros de calle estrecha y sombría, llena de casas de alturas desiguales en la que una pendiente suave sube y donde el único resguardo se ofrece a los participantes en los umbrales de las puertas de las casas.


Cada día entre 1500 y 4000 mozos, se unen a los 6 toros, para participar en una de las tradiciones más seguidas del mundo. Llevan un periódico en mano para despistar a las bestias en momentos de peligro y visten en su mayoría el atuendo sanferminero, esto es, camisa y pantalón blancos con faja y pañuelos de color rojo sangre. Muchos de los corredores suelen engalanarse con  blusones de diversos colores, imitando a aquellos que en su día llevara el gremio de carniceros, que corrían el encierro antes de ir a abrir sus negocios, allá por los años 50 y 60.
 El 90% de los heridos no lo son por asta de toro, como pudiera suponerse, sino por codazos, pisotones y empujones varios. Las carreras delante de los cuernos de los toros duran apenas 10 segundos de infarto, en la que los corredores demuestran su valentía. Los relevos de mozos, se producen cada 50 metros aproximadamente, y es muy difícil correr durante un tramo entero. Los únicos a los que está reservado este privilegio son los pastores, que se apresuran detrás de la manada, con sus varas de fresno. La labor de los pastores durante el encierro es tremendamente importante; son los encargados de conducir a los toros por su camino y velar por la seguridad de animales y corredores. 

 

Antaño, los encierros no eran tal y como los conocemos ahora, puesto que, además de haber desviado el recorrido a la calle de la Estafeta, lo habitual hasta bien entrado el siglo XVIII era que se sacasen 15 toros cada mañana que luego se lidiaban en la Plaza del Castillo en una corrida interminable, que iniciaba a las 2 el mediodía. Delante de todos los toros iba a caballo la figura del Abanderado, encargado de abrir la marcha con su clarín. Las gentes de Pamplona al verlo, ya sabían que detrás de él, venían los toros, y salían a recibirlos con picas y varas. A esta irrupción de los toros en las calles de la ciudad, se la llamaba comúnmente la Entrada y no el Encierro.


Otra costumbre que ha ido cambiando con el paso de los años, ha sido la hora de comienzo del encierro, y es que se ve, que los mozos cada día se han vuelto menos madrugadores. Durante en año 1924, los encierros pasaron de correrse a las 6 de la mañana a comenzar una hora más tarde, cuando el reloj de San Cernin marcaba las 7. Sin embargo, en el año 1974 se acordó que los encierros serían a las 8 de la mañana, quien sabe si para gozar de más luz en las mañanas sanfermineras.

Conforme el Encierro llega a mitad de la Estafeta la pendiente de la calle se hace menos pronunciada y los toros empiezan a notar el cansancio de la carrera, por lo que el encierro transcurre más lentamente entre una marea de corredores. La gente se agolpa en los balcones, siempre abarrotados de curiosos, entusiastas y videoaficionados, para ver pasar a la manada. Los toros van más separados unos de otros y esto da lugar a carreras algo más largas delante de las astas. En Pamplona siempre se corre delante del toro. Nunca detrás ni a los lados, ni tampoco rozando al toro. Solo delante, para medir la fuerza y rapidez de quien corre con la del animal.
Una pequeña anécdota de los años 50, cuenta que un vendedor de periódicos, se apostó a que no levantaba su pequeño puesto de venta al pasar la manada. Y aquel mismo día, durante el encierro, al ver llegar a las reses, el vendedor hizo de tripas corazón y permaneció inmóvil en su puesto. Justo cuando llegaban los 6 toros, lanzó todos los periódicos al aire despistando a la manada que se abrió paso a un lado y al otro dejando al vendedor sano y salvo en el medio.
* Entrados ya en el tramo de Telefónica, la calle se despeja y se abre, la luz mañanera invade la calle y el vallado delimita el recorrido a ambos lados. Un sinfín de personal sanitario, ambulancias, policías, carpinteros y periodistas contemplan el encierro que ahora corre sobre asfalto cubierto de serrín. Las estrechas calles del Casco Antiguo, dan paso a nuevas avenidas más anchas que conducen casi directamente a la Plaza de Toros. 
Este rincón, de 120 metros de longitud, es otro de los puntos calientes de la carrera, por ser el que más cornadas presenta. Algunas de ellas mortales. Desde que el encierro apareciese por primera vez en el programa de fiestas en 1867, aceptado como otra actividad más, son varias las personas han perdido su vida en él. Desde el año 1922 hasta el 2010 se contabilizan hasta 15. Sin embargo ya se tiene constancia de algún fallecido allá por el año 1686. Otros dos astados son los que ostentan el record de mayor número de muertes en cada encierro, con dos cada uno, Semillero en 1947 y Antioquio en 1980.
*  Los mozos van conduciendo con sus periódicos a una manada desperdigada mientras los toros marchan distraídos mirando a la gente apostada en el vallado. El peligro en este tramo es que los animales marchan lentos y se vuelven con facilidad. Los tablones del vallado estrechan la calle como si de un embudo se tratase, hasta llegar al callejón que tiene una anchura de 3 metros y medio. Súbitamente la avenida se convierte en un túnel de paredes de cemento y suelo de piedra y arena y la carrera transcurre en penumbra.
Si varios corredores caen al suelo en este tramo, puede formarse un montón. Como aquel de 1977 que todavía está en la mente de todos los pamploneses, en el que la habitual algarabía de la plaza quedó sustituida por un silencio sepulcral al ver como un enorme montón de personas caídas taponaban la entrada de la plaza y la manada seguía su camino abriéndose paso entre la montaña de personas. Los servicios médicos, los cuerpos de seguridad y las personas que estaban presentes en la misma plaza de toros, se apresuraron a sacar de allí a quienes habían quedado atrapados. El montón se saldó con más de 30 heridos y un muerto.

A raíz de ese y algún otro montón de similares características, y para evitar que vuelvan a producirse, se dispusieron a ambos lados del callejón dos gateras para que la gente, arrastrándose pudiese escapar en caso de peligro.
* El callejón da paso a la Plaza de Toros, donde las gradas, llenas de público más bien trasnochador y expectante, aclaman a los valientes que corren delante de las astas. Ya en el ruedo los pastores, agotados por la carrera, dan paso a los dobladores, que portando el capote con solo una mano, conducen a los toros al corral sin incitarlos demasiado.
La figura del doblador surgió hacia el año 1930 a raíz de alguna cogida mortal en el coso taurino.
Varias han sido las plazas de toros de la capital Navarra. La primera, de quita y pon, se situaban en la plaza del Castillo desde tiempos del rey Carlos II el Malo, hasta 1844.
Dos cohetes más resuenan en el cielo de Pamplona, uno cuando todos los astados han entrado en el coso taurino y el otro cuando todos los toros están guardados en los corrales.
Así, este espectáculo, que es seguido por más de un millón de personas en todo el mundo, acaba con un simple estallido de un cohete, tal y como empezó.

Créditos:

Edita:

Asociación Accesibilidad Universal

Patrocinado por:

Ayuntamiento de Pamplona

Gobierno de Navarra

Promotora:

Asociación Retina Navarra

Texto:

Idoia Albéniz Merino


Música:

La Pamplonesa

Fotografías:

Mattia Bonucci

Maquetación:

Jose Angel Elizalde

Locución:


Grabación:

Arion